viernes, 24 de abril de 2009

DIVERTIMENTO

LA MAGIA DE NUESTRO IDIOMA
Con este material no pretendo posar de ilustrado. Confieso que desconozco el significado de aproximadamente el 80% de las palabras que suscribo. Nuestro idioma es maravilloso y nunca deja de sorprenderme. ¿Pero cuánto lo conocemos? El objetivo fundamental es el de invitar a todos los lectores a que hagan el ejercicio de definir correctamente el significado de cada palabra y si no lo logran de forma inmediata, siempre nos queda el recurso de acudir a un diccionario y la placidez de haber aprendido algo útil y nuevo.
Esto es un divertimento. Por tal razón, iniciaremos el juego identificando el nombre del cuento, su autor y la versión original del mismo. Sé que al final todos terminaran satisfechos. Las palabras utilizadas podrían formar parte de nuestro lenguaje cotidiano y no hacen parte de una lista exhaustiva. Se excluyen todas las palabras técnicas y afines a profesiones.
Que gratificante sería que nuestros estudiantes universitarios adoptasen desde sus inicios la disciplina de la lectura. Los que hemos sido profesores universitarios experimentamos el mayor desánimo cuando tenemos que calificar un trabajo de investigación ya que tanto la redacción como la ortografía son desastrosas en la mayoría de los casos. Estoy seguro que todos aquellos que se dediquen a modificar en cuentos y poesías palabras originales por sinónimos, como ejercicio, con el tiempo descubrirán indiscutibles mejoras lexicográficas y de redacción.
Las palabras tienen dos significados: uno de base, que es el que registra cualquier diccionario en sus diferentes acepciones y otro contextual, que es el significado que en cualquier escrito le asigna a cada palabra su autor. Cada vocablo tiene su música y ese es el principal atributo del escritor: descubrir cuál es el más apropiado para expresar sus ideas. No obstante, en todos los idiomas se maneja un vocabulario mínimo, suficiente para hacerse entender. Es por ello que resultan psicológicamente asonantes palabras nuevas ya que ni su uso ni significado los tenemos registrados en nuestra memoria, lo que no les resta su validez. Veamos un ejemplo:
RETRATO DEL SEÑOR “T”
Turnio, tuáutem y amigo de la trulla, les hace creer a algunos que pueden volverlo tarumba pero pocos saben que es el que preside la taifa del barrio. Es un auténtico tartufo, amigo de tascas tasqueras y tatas. Taumaturgo del robo y glotón de tejeringos, telinas y tentempiés. Tiene aires teomaníacos pero no es más que un terato del delito aunque romántico del tiovivo. Con los desconocidos se comporta como un tiralevitas que ignoran estar ante el más grande truchimán y trufador que cuando saca su tizona asalta a tocateja camuflado con su tisú. Eso es este tacho suministrador de tofana, de rostro torrefacto.
Cuento Modificado:
GOMIAS DE AGOSTO
(Desafío: identificar autor, verdadero título y lenguaje original)
Arribamos a Arezzo un poco antes del cenit, y perdimos más de dos horas buscando el alcázar renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había adquirido en aquel recodo soñado de la campaña toscana. Era un domingo de comienzos de agosto, caliente y guirigoso, y no era fácil hallar a alguien que supiera algo en las calles colmadas de visitantes. Al cabo de muchos intentos en vano regresamos al automóvil, dejamos la urbe por un camino de cipreses sin advertencias viales, y una anciana yergüenza de curros nos señalo con claridad dónde estaba el castillo. Antes de separarse nos cuestiono si pensábamos sosegar allí, y le respondimos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
-Menos mal -dijo ella- porque en esa morada hay gomias.
Mi consorte y yo, que no creemos en redivivos del medio día, nos befamos de su candidez. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron felices con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un convidante magnifico y un comedor afectado, nos esperaba con un almuerzo de nunca prescribir. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de aclocarnos en el bufete, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de cangueloso, y cualquier impaciencia se disipaba con la visión plena de la ciudad desde la terraza lozana donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su aguadija tropical que ninguno de tantos era el más brillante de Arezzo.
-El más grande -falló- fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran faraute de las artes y de la beligerancia, que había construido aquel castillo de su ruina, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su autoridad infinita, de su amor contrariado y de su defunción espantosa. Nos contó cómo fue que en un periquete de alienación del corazón había acuchillado a su manceba en el alveo donde acababan de adorarse, y luego acicateo contra sí mismo a sus implacables chucos de guerra que lo destrozaron a mordidas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche la aparición de Ludovico deambulaba por la lóbrega casa tratando de conseguir la calma en su expiatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y contrito. Pero a pleno día, con el rumen lleno y el corazón alegre, el relato de Miguel no podía parecer sino una chunga como tantas otras suyas para recrear a sus convidados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían sufrido toda clase de demudaciones de sus amos sucesivos. Miguel había reparado por completo la planta baja y se había hecho fabricar un cuarto nuevo con suelos de mármol y emplazamientos para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de las centurias, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes eras abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación ilesa por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
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Fue un momento cabalístico. Allí estaba la cama de doseles calados con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía apergaminada por la crúor seca de la querida inmolada. Estaba la chimenea con los restos helados y el último retazo convertido en roca, el aparador con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero cogitoso en un marco de oro, pintado por alguno de los expertos florentinos que no tuvieron la suerte de sobrevivir a su época. Sin embargo, lo que más me impactó fue el aroma de fresas recientes que permanecía anquilosado sin explicación posible en el contorno del dormitorio.
Los días de canícula son eternos y morigerados en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver las pinturas de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un recuelo bien conversado bajo las pérgolas de la explanada, y cuando regresamos para recoger las valijas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas teas en la sollastría, y se fueron a incursionar la opacidad en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopadas de caballos montaraces por los peldaños, los gemidos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos foscos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conciliar el sueño conté los doce toques desvelados del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la observación pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la lucerna. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar afable de los candorosos. "Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos observaba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el aposento de Ludovico, bajo la cornija y las cortinas polvorientas y las sábanas caladas de sangre todavía sofocante de su lecho execrable.
CUENTO ORIGINAL
ESPANTOS DE AGOSTO (Autor: Gabriel García Marquez)
Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
-El más grande -sentenció- fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
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Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. "Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.
PARTE FINAL
¿Sabe como las define el diccionario?
A
Abacero, Aborregarse, Abotagarse, Abstruso, Acetre, Achispar, Achuchón, adelo, adunar, afelio, agono, ajimez, Albarán, alcahaz, Alcarria, Alcazaba, Alcor, Alfaque, Algara, Alicantina, Almohaza, Amojamarse, Amuermar, Anfractuosidad, Angra, Antilogía, apaisado, Arambel, Arcaduz, Arpar, Arramblar, Arrecirse, Arrechucho, Arrumbar, Aseidad, Astenia, astracanada, Ataraxia, Aticismo, Atufar, Aturrullar.
B
Babia, Bajío, Báratro, Barbián, Bartola, Basca, Baturrillo, Bausán, Bedel, Bergante, Bibelot, Bienhadado, Bilocarse, Bocera, Boira, Boquirrubio, Bribia, Bureo, Burga, Burriciego.
C
Cachipolla, Camelar, Canijo, Carmenar, Cepellón, Ceporro, Circe, Claque, Clepto, Cócora, Comedirse, Congosto, Connubio, Contrecho, Costanilla, Cuartana.
CH
Chafaldita, Chafar, Chafardear, Charrán, Chicote, Chilindrina, Chiribita, Chirigota, Chirlo, Chulear, Churrusco, Churumbel.
D
Dalle, Dasonomía, Decretal, Defenestrar, Deípara, Deleznable, Dendrografía, Deprecar, Derrote, Desatiento, Descabalar, Desgalichado, Desiderátum, Despearse, Desriñonar, Diali, Diátesis, Diuturnidad.
E
Éctasis, Edículo, Efugio, Ejido, Embrocar, Empecatado, Empecer, Emperejilar, Encalabrinar, Encarrujarse, Encobar, Enchufismo, Enfiteusis, Enligar, Envedijarse, Epinicio, Epiqueya, Escarabajear, Escorzar, Escuchimizado, Escuerzo, Espelunca, Esquizo, Estafermo, Estantigua, Estraperlo, Estrenuo, Estulto, Estuoso, Euro, Eutrapelia, Extranjis-
F
Facies, Factótum, Fachenda, Filatería, Filfa, Flámula, Floripondio, Friable, Funámbulo, Fusco.
G
Gafe, Gaje, Galopín, Gallofa, Garrido, Gárrulo, Gatuperio, Gazuza, Geórgica, Gigote, Giralda, Girofaro, Glabro, Gnómico, Gordal, Guillarse, Guipar, Gurdo.
H
Hámago, Hebdómada, Heliogábalo, Hesitar, Hético, Himeneo, Histrión.
I
Idio, Ignavia, Incuria, Ineluctable, Inficionar, Inmarcesible, Interfecto, Interregno, Irrogar.
J
Jabardillo, Jangada.
K
Katiuska.
L
Lábil, Lagotear, Lebrel, Lectorado, Lechuguino, Lepidosomo, Longánimo, Ludir, Lúteo.
LL
Llaca, llares.
M
Macadam, Macarse, Magín, Majada, Malmirado, Mandanga, Manducar, Maniego, Marbete, Marrajo, Maula, Mefítico, Mejana, Melopeya, Merar, Meteco, Mirifico, Misandria, Mirifico, Miscible, Momio, Monofisismo, Monotelitas, Mosconear, Muñidor, Murria.
N
Nadir, Narguile, Naumaquia, Nemoroso, Nenia, Nocherniego, Nolición, Novísimos, Nuncupativo.
Ñ
Ñagaza, Ñangotarse, Ñáñigo, Ñapango, Ñaque, Ñiquiñaque, Ñoño.
O
Oblongo, Occisión, Omnímodo, Omniscio, Opúsculo, Órdago, Ovil.
P
Pachón, Pachorra, Pachucho, Palacra, Palinodia, Palique, Pamela, Pandear, Paniaguado, Panoli, Papalina, Paparrucha, Parigual, Parresia, Pasavolante, Pasigrafía, Pávido, Pelechar, Pelma, Perdulario, Pergeñar, Periquete, Pilongo, Pingorotudo, Pisaverde, Piscolabis, Pituso, Plica, Poliandria, Policitación, Poluto, Pontazgo, Portazgo, Posma, Precinto, Precito, Presciencia, Prístino, Proceloso, Proficiente, Protervia, Psitacismo.
Q
Queilitis, Quermese, Quevedos, Quimo, Quindenio, Quiñón, Quisicosa, Quisquilla.
R
Rabera, Racanear, Raña, Raque, Rátigo, Rebañar, Rebeco, Recancanilla, Recensión, Recudir, Recuesta, Refectorio, Regajal, Regate, Regnícola, Regostarse, Régulo, Rehilero, Releje, Relente, Repulgar, Résped, Requemo, Retrodatar, Riada, Rielar, Ringorrango, Rondalla, Rondón, Ruco, Rufo, Rulenco, Rumantela, Runfla, Rungo, Rustir.
S
Saboneta, Salcochar, Saloma, Saltabanco, Sanctasanctórum, Sandio, Sarracina, Saturnino, Sayón, Sedente, Seisavar, Senescencia, Serojo, Serventesio, Sinarquía, Sinecura, Sobornal, Sobreseído, Socaire, Socaliña, Solercia, Sopista, Soplagaitas, Sotabarba, Suasorio.
T
Tabanco, Tabarra, Tabuco, Tarasca, Tarazar, Tartalear, Tartufo, Tarumba, Tasquera, tato, Taumaturgo, Tejeringo, Terato, Terebrante, Tesina, Tesitura, Tiralevitas, Tizona, Tocateja, Tocha, Torpor, Torrefacto, Torvo, Trampal, Tranquillo, Transido, Trapajoso, Trasegar, Trasgo, Trasunto, Tremolar, Triclinio, Trivio, Trola, Tronchante, Tronío, Truchimán, Trulla, Tuáutem, Turnio, Tutiplén.
U
Ubérrimo, Undísono, Urbi et orbi, Usucapión.
V
Vacar, Vaciante, Valetudinario, Varaseto, Vasar, Vecero, Veladura, Venero, Ventregada, Venusto, Verglás, Vicenal, Vitando, Vómico.
W
Warrant.
X
Xenofilia, Xenofobia, Xilófago.
Y
Yacija, Yonqui.
Z
Zacapela, Zahondar, Zahúrda, Zalagarda, Zancarrón, Zaque, Zarabanda, Zaragata, Zarandaja, Zazo, Zipizape, Zoilo, Zopo, Zulo, Zupia.
Atte.
Jairo Tangarife C.

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